Chihuahua, la playa que no tiene prejuicios

 PUNTA DEL ESTE.- ¿Qué estoy haciendo? Mis retinas no están acostumbradas a ver cuerpos desnudos. Y tampoco a convivir en comunidad con la desnudez ajena.¿Dónde quedó aquella fragua de Las Esclavas que forjó mi pacto entre el cuerpo y el pudor? Tres horas atrás estaba en Buenos Aires vestida de oficina. Y ahora soy rehén de esta situación bizarra. Me hallo en un extremo de la playa Chihuahua, precursora en los años 60 del nudismo en Uruguay y desde hace unos años también convertida, con clara divisoria de aguas, en bastión gay. Son dos kilómetros de playa, con un arroyo y mar azul. Permanezco en los dominios del primer grupo, entre parejas, familias, solos y solas, en medio de un rito que no sé si podré completar. Llevo una hora aquí y sólo logré despojarme de la parte superior de mi bikini.

Todo lo he hecho de forma más o menos lenta y a conciencia. Llegué directo del aeropuerto. Primero caminé y exploré. Observé el desprejuicio de gente que camina o trota desnuda por la orilla, ceba mate, te charla y te saluda, se coloca protector solar blanco en las zonas más sensibles. Ellos son plenamente libres, coexisten en armonía con la naturaleza que tampoco se cubre, y se mueven lejos de los preconceptos y tabúes que el hombre civilizado impuso.

"¿Por qué creés que los chicos y los bebes disfrutan tanto al estar desnudos?", esgrimirá mucho después el dueño uruguayo de El Refugio, una de las tres posadas nudistas. Pero yo no vine aquí a fisgonear. No soy una voyeur como la hilera de adolescentes que llegan en excursiones para "inspeccionar" las partes pudendas femeninas. Lo hacen con un disimulo ridículo y molesto. Caminan desde Tío Tom, la playa contigua, y los delatan sus remeras puestas y sus trajes de baño floreados hasta la rodilla. Yo vine a otra cosa. Me impuse no desentonar entre los naturistas. Esa cofradía, de casi un centenar de hombres y mujeres de todas las edades, dueños de cuerpos que van desde la musculatura tonificada y las formas curvilíneas hasta la flaccidez extrema. Hay incluso volúmenes corporales con pliegues excesivos, que alcanzan proporciones botterianas. Su exhibición, íntegramente depilados, como la mayoría, no deja de sorprenderme. Hay que saber asumirse y quererse realmente mucho para mostrarse tal cual uno es. Celebro esa reafirmación del ser. Esa capacidad de indiferencia ante la mirada del otro. Carezco de ese grado de evolución. Ni siquiera sé si lograré desnudarme por completo e interactuar con la gente como una más. Me impongo no dilatar más la cosa. Y me insuflo audacia repitiéndome que aquí nadie sabe quién soy. Extiendo mi pareo, a mitad de camino entre las dunas y la orilla del mar, a una distancia prudente de los demás. Cuento hasta cinco y ahora sí. ¡Me desconozco de lo que soy capaz!

Si habré tenido pesadillas recurrentes, convencida de que aparecía desnuda entre gente vestida. ¿Qué me diría Freud? Son curiosos los distintos momentos de la vida. Los rechazos categóricos, las anuencias y hasta la propia aprobación. Ésa de la que ahora misma me jacto, decidida a nadar en el mar.

Logro poner un pie en el agua tibia, cuando un hombre con respeto y amabilidad me intercepta y se me pone a hablar. Martín, financista de 37 años, elogia mi estado físico. Su halago, en realidad, es una prueba para mi propia reacción. ¿Le pido que, por favor, no me mire? ¿Me sincero y le digo que soy una neófita en plan de exploración?? Le pregunto cosas de él, de los códigos no escritos de Chihuahua para desviar la atención. ¡El periodismo siempre me ha dado excelentes resultados!

Pero ahora necesito pensar a solas en lo que me está pasando. Y todavía me queda la prueba mayor: ir al parador Explora y mezclarme como si nada entre la gente. Eso sí que me va a costar. Hacia allí me encamino, cuando otra vez? sopa. "Hola, soy Manolete, periodista de C5N, soy también fotógrafo, y estoy muy vinculado con el arte y la gente de Malba. Vos sos el tipo de mujer elegante que yo esperaba encontrarme acá", me dispara, sin preámbulos, un desconocido de mi edad. ¡Yo sólo quiero desaparecer!

"Hola, yo soy Laura, ama de casa y la primera vez que vengo acá", me despacho a conciencia. Él se ofrece a oficiarme de guía hasta el parador. En el trayecto, me desasna sobre todo lo otro que debo saber. Ahonda en los códigos nudistas de los heterosexuales y también de los gays. Pero la mayoría de ellos está vestido. Chihuahua es su punto social de reunión.

Llego en mi rol nudista hasta la barra. Pido un agua con gas, aunque lo que necesito en realidad es un daiquiri. Por dentro soy un nudo de nervios. Pero creo que lo disimulo bien. Estoy casi de espaldas cuando escucho a viva voz: "¡Loreley Gaffoglio, divinaaa! ¡Por fin llegó la nacion?!" No recuerdo otra ocasión en la que hubiera sentido una vergüenza tan intestina. Es tan atrozmente visceral que me paraliza. Yo sola me metí en esto; yo sola debo salir.

Sé reconocer la empatía auténtica, no impostada como en tantos otros conocidos míos en Punta del Este. La voz es de Alejandro Rainieri, relacionista público y artista plástico, a quien conozco desde hace muchos años. Su saludo cálido, su soslayo de plano frente a mi desnudez, a pesar de saberme desenmascarada, diluye el paroxismo en el que estoy sumida. Aunque suene paradójico, ese encuentro funcionó como un punto de inflexión. A partir de ahí, me relajé. Ya no tuve máscaras. Aunque sé que necesité de la "excusa" de esta experiencia para animarme a probar.

Hay algo que incorporé. Ratifiqué que la libertad es el capital más preciado del hombre. Y en este caso, poder ejercerla dentro de límites territoriales consensuados hace a la necesaria tolerancia y a la apertura frente a lo distinto.

Yo sé que no adoptaré el nudismo social. Tengo la certeza de que las convenciones culturales de la ropa y hasta el traje de baño en la playa detentan mucho más poder de seducción que la desnudez. Quizá la clave radique siempre en el misterio. No hay nada más infalible que el no mostrar. En el nudismo, me pareció, todo queda implacablemente expuesto. El cuerpo escribe con letra muy legible estados de ánimo, actitud, junto a los rasgos sin camuflaje de quien uno realmente es. Animarse a mostrar eso, para mí, tiene un valor. Está claro que cada uno vive su libertad como puede.

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